El 70% de las personas que viven en extrema pobreza son mujeres, ganan entre un 30 y un 50% menos que los hombres, representan dos tercios de los analfabetos del planeta y sólo poseen el 10% de los recursos mundiales cuando aportan dos terceras partes de las horas de trabajo (según UNESCO). Estos datos no se refieren a una discriminación positiva ni mucho menos, es una realidad con la que día a día más de ocho millones de chilenas debemos convivir. A lo largo de la historia, la mujer ha debido enfrentarse a variados escenarios y en muchos casos adversos. Durante El principal frente para lograr la igualdad es la educación. Una mujer educada tiene más posibilidades de surgir y de salir adelante. Tiene la opción de acceder a mejores trabajos, aportar al hogar, tiene más posibilidad de surgir ella mismas y de sacar adelante a sus hijos, se preocupan más de su salud y de la de su familia. Sin dudas, le entrega las herramientas para independizarse y así tomar las decisiones que le sean más convenientes. Es un hecho, que con la mejora de la situación de la mujer se beneficia toda la sociedad. Aquel anhelo no se alcanzará sólo con declaraciones políticas, acuerdos y compromisos, sino que ésta se puede lograr cambiando los hábitos y actitudes en nuestro entorno principalmente por medio de la educación. Pero ésta no se da sólo en las salas de clases, también en las calles y lugares de encuentro común y, sobretodo, en el trabajo. Los centros de madres y otras instancias de emprendimiento demuestran que ser pobre es el resultado de la falta de oportunidades y para salir de ahí es fundamental terminar con todo tipo de dependencias y de ayudas. No tengo dudas de que las cosas serían muy diferentes si damos las instancias para que esto suceda. Pero debemos estar concientes de que este es un tema que nos incumbe a todos y que no basta con el reconocimiento de los derechos humanos que adornan muchas constituciones del mundo. Es preciso convertir esos derechos políticos en auténticos derechos sociales.

